Historias para leer despacio
Las personas que se quedan con nosotros después de un viaje
Hay personas que conocemos durante un viaje y que, sin saberlo, se convierten en parte de nuestra geografía sentimental.
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Algunas personas se quedan unos días. Otras, apenas lo suficiente para hacernos sonreír. Y existen unas pocas que, incluso después de haber regresado, encuentran una manera misteriosa de seguir viajando con nosotros.
Hay personas que conocemos durante un viaje y que, sin saberlo, se convierten en parte de nuestra geografía sentimental. Algunas se quedan unos días. Otras, apenas lo suficiente para hacernos sonreír. Y existen unas pocas que, incluso después de haber regresado, encuentran una manera misteriosa de seguir viajando con nosotros.
Los encuentros que nadie coloca en un itinerario
Siempre me ha fascinado la capacidad que tienen los viajes para desordenarnos la vida.
Una puede pasar semanas organizando una escapada, revisando horarios, eligiendo restaurantes y calculando cuánto tiempo dedicarle a cada ciudad.
Todo perfectamente planificado.
Hasta que aparece alguien.
Y entonces descubrimos que hay encuentros que no estaban en el itinerario y terminan convirtiéndose en lo único que realmente no queremos olvidar.
A veces todo comienza con una conversación que se prolonga más de lo previsto, una mirada que despierta curiosidad o esa inexplicable sensación de comodidad frente a alguien a quien apenas conocemos.
Dos desconocidos. Dos vidas que habían transcurrido sin saber nada la una de la otra. Y, de pronto, una coincidencia.
Quizá viajar nos vuelve más receptivos a esas pequeñas sorpresas. Lejos de nuestras rutinas, escuchamos de otra manera, preguntamos más y nos permitimos ser un poco más espontáneos.
Y cuando eso ocurre, alguien puede despertar en nosotros algo que ni siquiera sabíamos que estaba esperando.
Hay amores que también necesitan pasaporte
Confieso algo: siempre me han gustado las historias de amor que comienzan lejos de casa.
Tienen una mezcla deliciosa de aventura, incertidumbre y ese pequeño riesgo emocional que ninguna aseguradora de viajes estaría dispuesta a cubrir.
Porque una cosa es perder una maleta y otra bastante diferente es regresar con el corazón ocupando más espacio que el equipaje permitido.
Y para ese exceso de peso no existe tarifa publicada.
A veces conocemos a alguien y la complicidad aparece casi sin pedir permiso.
Nos interesan sus historias, su manera de interpretar el mundo, los pequeños detalles de su personalidad. Comenzamos a disfrutar las conversaciones y esa sensación tan particular de descubrir a alguien que despierta algo diferente.
Quizá no suceda nada extraordinario a los ojos de los demás.
Pero para nosotros ocurre muchísimo.
Una sonrisa adquiere otro significado. Una conversación cotidiana se convierte en una pequeña celebración.
Y descubrimos que alguien puede estar geográficamente lejos y emocionalmente demasiado cerca.
Entonces aparecen los mensajes, los cambios de horario, las historias compartidas a distancia y esa curiosa manera de incorporar a alguien a nuestra vida sin que forme parte físicamente de ella.
Durante un tiempo, todo parece posible.
Quizá esa sea una de las cosas más hermosas de enamorarse: imaginar caminos que antes ni siquiera existían en nuestro mapa.
Las distancias que no aparecen en los mapas
Siempre hemos escuchado que el amor a distancia es complicado.
Y lo es.
Los aeropuertos, las agendas, los horarios y las responsabilidades pueden convertir una relación en un ejercicio de coordinación internacional.
Pero he llegado a pensar que la geografía no siempre representa la distancia más difícil de recorrer.
Hay kilómetros que se resuelven con un billete de avión. Ciudades que pueden acercarse con una fecha en el calendario.
Y distancias emocionales que no desaparecen aunque dos personas se encuentren sentadas una frente a la otra.
Porque sentir una conexión no significa necesariamente desear lo mismo.
La ilusión no siempre camina al mismo ritmo en ambos corazones.
Existen encuentros donde la complicidad puede ser real, el cariño sincero y, aun así, las posibilidades de construir algo permanecen indefinidas.
No siempre hay una despedida cinematográfica ni una gran tragedia.
A veces las historias simplemente quedan suspendidas entre lo que sentimos, lo que imaginamos y aquello que nunca llegó a suceder.
Y entonces comprendemos algo que ningún mapa puede enseñarnos:
No basta con querer encontrarse. También hace falta que dos personas estén dispuestas a construir un camino hacia el mismo lugar.
La memoria tiene sus propias reglas
Podemos recorrer una ciudad extraordinaria y olvidar el nombre de una calle. Podemos visitar un monumento famoso y, años después, confundirlo con otro.
Sin embargo, recordamos una frase.
Una risa.
El tono de una conversación.
O aquella sensación de felicidad que nos acompañó durante un encuentro aparentemente insignificante.
La memoria tiene sus propios criterios de selección y, por lo visto, no siempre consulta nuestras preferencias.
La psicología ha estudiado cómo las emociones influyen en los recuerdos personales. Las investigadoras Alisha C. Holland y Elizabeth A. Kensinger, en su publicación Emotion and autobiographical memory, explican la relación entre nuestras experiencias emocionales y la manera en que las recordamos.
Quizá por eso ciertos encuentros siguen apareciendo en nuestros pensamientos mucho después de que el viaje haya terminado.
Basta escuchar una canción, reconocer un acento o encontrarnos con una fotografía inesperada.
Y, por unos segundos, regresamos.
No necesariamente al lugar.
Regresamos a la emoción.
Lo curioso es que estos recuerdos pueden acompañarnos sin que deseemos recuperar exactamente lo que vivimos.
Podemos sentir ternura por alguien sin necesidad de escribirle.
Sonreír al recordarlo sin esperar que regrese.
Reconocer que fue importante sin detener nuestra vida alrededor de aquella historia.
Quizá eso también sea una forma de amor: la que aprende a conservar sin necesidad de poseer.
A veces extrañamos a quienes fuimos
Hay algo que he descubierto al mirar hacia atrás.
Cuando recordamos determinados encuentros, quizá no extrañamos únicamente a la persona.
También podemos extrañar la versión de nosotros mismos que apareció junto a ella.
La mujer que se permitió ilusionarse.
La que se rio sin mirar el reloj.
La que disfrutaba esa deliciosa inquietud de esperar una conversación.
La que descubrió que todavía podía sentir mariposas en el estómago sin importar los años, los kilómetros o las historias acumuladas.
Viajar tiene esa facultad: nos coloca en situaciones donde aparecen partes de nosotros que la rutina había dejado discretamente guardadas.
Y algunas personas consiguen despertarlas.
A veces alguien permanece en nuestra memoria no solamente por lo que fue, sino por lo que nos permitió volver a sentir.
Eso merece ser celebrado.
Porque seguir emocionándonos, incluso después de las decepciones, es una de las formas más bonitas de sentirnos vivos.
Y, entre nosotros, una vida completamente protegida contra las mariposas sería bastante aburrida.
Lo que pudo haber sido
Hay amores que se construyen entre experiencias compartidas.
Otros crecen también en ese espacio invisible donde habitan las posibilidades.
Los lugares que nos habría gustado recorrer juntos.
Las conversaciones que imaginábamos tener.
La curiosidad por descubrir cómo habría sido compartir una vida cotidiana que solamente conocimos a través de palabras.
Y aparece una pregunta inevitable:
¿Nos enamoramos únicamente de lo que vivimos o también de todo aquello que llegamos a imaginar?
Probablemente de ambas cosas.
La imaginación puede ser una hermosa expresión de entusiasmo. Pero también necesitamos reconocer cuándo las posibilidades comienzan a ocupar más espacio que los hechos.
Porque una historia imaginada no sustituye la reciprocidad, la presencia ni las decisiones necesarias para construir una relación.
Con el tiempo he comprendido que podemos agradecer lo que sentimos sin convertirlo en una promesa pendiente.
Y que una historia no necesita durar para siempre para haber sido importante, pero tampoco necesitamos esperarla para siempre para demostrar que lo fue.
Las personas que se convierten en lugares
Me ocurre algo curioso con determinadas ciudades.
A veces pienso en ellas y no recuerdo primero sus edificios, sus museos o sus plazas.
Recuerdo a alguien.
Una conversación.
Una emoción.
De pronto, el nombre de una ciudad deja de ser una referencia geográfica y se convierte en una pequeña puerta hacia nuestra memoria.
Quizá por eso hay destinos a los que deseamos regresar sin saber explicar demasiado bien el motivo.
No necesariamente buscamos repetir lo que ocurrió.
A veces queremos reencontrarnos con la atmósfera de aquellos días, con la luz de una tarde o con aquella versión de nosotros mismos que parecía especialmente viva.
Pero las ciudades cambian. Las personas también.
Y nosotros seguimos transformándonos.
Regresar a un lugar no significa recuperar el pasado.
A veces significa descubrir que podemos recordarlo con menos preguntas, más serenidad y, si tenemos suerte, con la misma capacidad de sonreír.
Hay personas a las que solamente podemos regresar con la memoria
No sé cuántas historias de amor me esperan todavía en el camino.
Ni cuántas conversaciones inesperadas terminarán convirtiéndose en recuerdos.
Mucho menos sé qué ciudades guardarán futuros encuentros o qué personas aparecerán cuando crea tener perfectamente organizado mi próximo viaje.
Y me encanta no saberlo.
Porque sigo creyendo que una de las maravillas de recorrer el mundo es descubrir que siempre existirán personas capaces de sorprendernos.
Personas que nos harán reír, que despertarán nuestra curiosidad y que nos enseñarán nuevas maneras de comprender el amor.
Quizá alguna consiga otra vez que el corazón desordene discretamente nuestros planes.
No me molestaría.
Después de todo, algunas de las mejores historias comienzan cuando dejamos de intentar anticiparlo todo.
Hoy sé que hay encuentros que permanecen mucho después de haberse despedido.
No porque nuestra vida se haya detenido allí.
Sino porque fueron parte de ella.
Porque nos hicieron sentir, imaginar, descubrir y comprender.
Hay personas que no se quedaron en nuestra vida, pero encontraron una manera misteriosa de quedarse en nuestra historia.
Y eso no tiene por qué ser triste.
A veces es simplemente hermoso.
Porque hay destinos a los que podemos regresar comprando otro billete.
Y personas a las que solamente podemos regresar con la memoria.
Soy Yfigenia Moreno Aponte y escribo sobre las historias que encuentro mientras recorro el mundo: las que otros me cuentan, las que observo y aquellas que, sin esperarlo, terminan formando parte de mi propia vida.
Porque el viaje es el escenario. La vida es la historia. Y el amor, en todas sus formas, es el hilo que las une.
Yfigenia Moreno Aponte escribe desde el camino y estudia Periodismo de Viajes y Gerencia Turística. Es creadora de Mis Historias de Viaje y fundadora de YFI Moreno Viajes de Autor.
Conoce el manifiesto de Mis Historias de Viaje.

