Lugares con alma
La memoria de un viaje también se sienta a la mesa
Hay sabores que encontramos lejos de casa y, sin pedir permiso, nos devuelven a la infancia.
· 14 min de lectura

Un plato desconocido puede acercarnos a la cocina de nuestra infancia. Sobre sabores, abuelitas y esa sensación de estar en casa mientras viajamos.
Una está lejos de casa. Frente a un plato que quizá nunca había probado, en una ciudad donde las calles tienen otros nombres y la conversación de las mesas vecinas ocurre en otro idioma.
Prueba el primer bocado.
Y algo cambia.
No siempre sabe explicar qué fue. Puede ser el olor de un sofrito, la suavidad de una masa, una salsa que pide pan o ese fondo de caldo que parece haber pasado toda la mañana al fuego.
El plato pertenece a otro lugar. Pero la sensación resulta familiar.
De repente, entre aquella mesa y la cocina de la infancia parece haber una distancia mucho más pequeña de la que indica el mapa.
Eso también puede ocurrir cuando viajamos: un sabor desconocido nos acerca a un recuerdo propio. La gastronomía empieza a contarnos el territorio mientras nuestra memoria, por debajo, sostiene otra conversación.
Ese primer bocado que nos cambia de lugar
Me interesa esa intimidad que aparece cuando comemos algo y dejamos de prestar atención, por unos segundos, a todo lo demás.
La conversación sigue. Alguien acerca una copa. Hay ruido de platos, una puerta que se abre, una persona esperando para pedir.
Pero dentro de nosotros acaba de aparecer otra escena.
Una cocina. Una olla. Una voz que conocíamos perfectamente.
Quizá el plato no se parece al que comíamos de pequeños. Quizá los ingredientes son distintos y jamás habíamos oído su nombre. Aun así, hay algo en su olor, su temperatura o su textura que reconocemos.
A veces la memoria llega antes que las palabras.
Decimos «esto me recuerda a…» y nos quedamos buscando cómo terminar la frase. Porque lo que apareció no fue solamente una receta. Fue una tarde, una persona, una manera de sentirnos cuidados.
Hay bocados que nos hacen cerrar los ojos.
Y durante ese pequeño silencio, una puede estar muy lejos y sentirse cerca.
La comida de casa tenía su propia manera de medir el tiempo
En muchas casas, la cocina anunciaba lo que estaba ocurriendo antes de que alguien lo explicara.
Un olor podía decirnos que era domingo. Que llegaba una visita. Que había algo que celebrar. Que tocaba esperar porque aquello todavía necesitaba fuego.
La comida tenía horarios, pero también tenía señales.
El sonido de una cuchara contra la olla. El vapor que empañaba una tapa. Una fuente colocada en el centro de la mesa. El pan que empezaba a desaparecer antes de que todo estuviera servido.
Y estaban las preguntas.
«¿Ya comiste?»
«¿Quieres un poquito más?»
Preguntas tan cotidianas que, mientras las escuchábamos, quizá no entendíamos todo lo que contenían.
Con los años, una empieza a reconocer cuánto afecto podía vivir dentro de esos gestos. Servir primero a otro. Guardarle una porción. Recordar qué le gustaba y qué apartaba siempre hacia el borde del plato.
La comida de casa también era eso: alguien sabía cómo comíamos.
Las abuelitas y esas recetas que nunca terminaban de explicarse
Hay recetas familiares que parecen imposibles de reproducir exactamente.
Uno pregunta cuánto llevan de algo y recibe una respuesta hermosa y desesperante:
«Un poquito.»
¿Cuánto es un poquito?
Depende.
¿Y cuánto tiempo?
«Hasta que esté.»
Como si aquella persona pudiera leer en la olla algo que nosotros todavía no sabemos ver.
Las manos conocían el peso. El oído reconocía el momento. El olor avisaba cuándo seguir y cuándo bajar el fuego.
Muchas abuelitas cocinaban desde una familiaridad construida a lo largo de los años. Habían repetido un gesto tantas veces que ya no necesitaban traducirlo a instrucciones.
Después tratamos de recuperar la receta. Anotamos ingredientes, buscamos medidas, hacemos preguntas. Queremos que salga igual.
Y quizá sale deliciosa.
Pero seguimos buscando algo.
Puede que fuera la forma de servirla. La mesa donde la comíamos. La voz que nos llamaba desde la cocina. O aquella tranquilidad de sentarnos sabiendo que, por un rato, alguien se había ocupado de nosotros.
Conservar una receta puede convertirse en una manera de seguir conversando con quien nos la enseñó.
Un sabor puede llevarnos a la niñez sin parecerse a nuestra comida
Esto es lo que más me conmueve de la mesa cuando viajamos.
No necesitamos encontrar el plato de nuestro país para sentir una cercanía inesperada.
Una preparación hecha con otros ingredientes puede despertar una sensación conocida. Una sopa puede recordarnos el cuidado. Un pan tibio, la espera frente a una cocina. Una salsa cocinada lentamente, aquellas comidas que parecían reunir a toda la casa.
Lo que reconocemos puede estar en la temperatura, en la textura, en la generosidad de una porción.
También puede estar en cómo nos reciben.
Alguien nota que disfrutamos y quiere servirnos más. Explica una receta con orgullo. Se interesa por saber cómo preparamos algo parecido en nuestro país.
Entonces empieza una conversación que atraviesa la mesa.
«En mi casa también hacían algo así.»
Y ese «también» abre una cercanía.
Seguimos siendo visitantes. El lugar conserva su historia, sus diferencias y su propia manera de cocinar. Pero encontramos un punto desde el cual escucharlo con más atención.
La infancia puede aparecer allí, sin que nadie la haya invitado.
¿A qué sabe sentirse en casa?
No tendría una sola respuesta.
Para algunas personas, a algo dulce. Para otras, a una comida salada que necesitaba horas. A café, a ajo en el fuego, a pan recién hecho, a una fruta que se comía de una manera muy particular.
Hay quien recuerda una mesa llena. Hay quien guarda la imagen de una cocina pequeña y una persona preparando algo sencillo.
La memoria de la comida es profundamente personal. No todas las infancias tuvieron las mismas mesas ni todas las casas se recuerdan con la misma alegría.
Por eso me gusta dejar espacio cuando alguien empieza a hablar de sus sabores.
Escuchar qué recuerda. A quién nombra. Qué detalle parece insignificante y, sin embargo, cuenta con una precisión extraordinaria.
A veces sabemos describir mejor el borde de una olla que una habitación completa.
Recordamos dónde nos sentábamos. Qué nos dejaban probar antes de tiempo. Qué plato pedíamos en un cumpleaños.
La comida tiene esa capacidad de acercarnos a lo pequeño. A los detalles con los que estaba hecha la vida.
Lo que una mesa puede contar de un territorio
Cuando viajamos, solemos acercarnos a la gastronomía preguntando qué debemos probar.
Es una buena pregunta. Yo también quiero saber qué llega a la mesa y por qué vale la pena conocerlo.
Pero me interesa quedarme un poco más.
¿Quién enseñó a cocinarlo? ¿En qué ocasiones se prepara? ¿Qué cambia de una familia a otra? ¿Qué ingrediente exige paciencia? ¿Qué se sigue haciendo y qué ha empezado a transformarse?
Una receta puede abrir esas conversaciones.
Podemos descubrir una forma de aprovechar lo que había disponible, una celebración, una costumbre familiar o un oficio. También podemos escuchar versiones diferentes de un mismo plato.
Los territorios están hechos de personas que recuerdan, adaptan, discuten y continúan.
La mesa permite acercarnos a esa vida cotidiana.
Y mientras aprendemos algo del lugar, quizá también entendemos por qué determinado sabor nos ha tocado de una manera tan personal.
Hay recuerdos de viaje que empiezan con «¿te acuerdas de aquella comida?»
Podemos olvidar el nombre de una calle y conservar durante años la memoria de una mesa.
La luz. El plato colocado frente a nosotros. La conversación que se alargó. Ese momento en que probamos algo y miramos a quien estaba al lado porque necesitábamos compartirlo.
«Tienes que probar esto.»
Qué frase tan pequeña para abrir un recuerdo.
Después volvemos a casa y tratamos de contar aquel sabor. Buscamos comparaciones. Describimos ingredientes. Decimos que estaba extraordinario.
Pero todavía queda algo sin explicar.
Cómo nos hizo sentir.
Quizá descansados. Bien recibidos. Sorprendidos. Quizá apareció una nostalgia suave, de esas que no entristecen del todo porque también traen compañía.
Un viaje puede quedarse en nosotros de esa manera: unido a lo que comimos y a lo que sentimos mientras lo comíamos.
Volver a una cocina que llevamos dentro
Me gusta pensar que viajamos con una memoria que también tiene hambre.
Hambre de descubrir, claro. De probar algo distinto y permitirnos disfrutarlo sin compararlo todo.
Pero a veces, en medio de ese descubrimiento, aparece una cercanía que no buscábamos.
Una comida nos devuelve una voz. Un aroma trae una tarde. Una textura nos recuerda una mano trabajando sobre la mesa.
El territorio que visitamos nos ofrece algo suyo y, al recibirlo, encontramos algo nuestro.
Por eso quiero seguir prestando atención a esas mesas.
A los sabores que despiertan preguntas. A las recetas que alguien cuenta con cariño. A la hospitalidad que se reconoce en un gesto pequeño.
Porque puede ocurrir que una salga a conocer un lugar y, entre un bocado y otro, vuelva por un instante a su niñez.
Lejos de su país.
Cerca de una cocina que todavía lleva dentro.
¿Qué sabor te ha hecho sentir en casa mientras estabas lejos?
Yfigenia Moreno Aponte
Historias que encuentro mientras recorro el mundo.
Yfigenia Moreno Aponte escribe desde el camino y estudia Periodismo de Viajes y Gerencia Turística. Es creadora de Mis Historias de Viaje y fundadora de YFI Moreno Viajes de Autor.

