Lugares con alma
Hay viajes que continúan mucho después de volver
A veces regresar a casa no significa haber regresado del todo
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Hay viajes que terminan cuando cerramos una maleta. Otros no. Algunos continúan apareciendo en una canción, en un olor que reconocemos de repente, en una fotografía que encontramos buscando otra cosa.
Hay viajes que terminan cuando cerramos una maleta.
Otros no.
Algunos continúan apareciendo en una canción, en un olor que reconocemos de repente, en una conversación cualquiera o en esa fotografía que encontramos buscando otra cosa.
Y entonces sucede algo curioso: por unos segundos estamos nuevamente allí.
No mirando el lugar.
Habitándolo.
Durante mucho tiempo pensé que viajar consistía fundamentalmente en desplazarse. Salir de un punto, llegar a otro, descubrir calles, probar sabores, conocer personas.
Con los años entendí que los viajes que más recuerdo hicieron exactamente lo contrario.
Fueron ellos los que se desplazaron hacia mí.
Entraron silenciosamente y se quedaron viviendo en algún rincón de mi memoria.
Lo que no cabe en una fotografía
Tengo miles de fotografías de viajes.
Pero muchas de las cosas que más recuerdo no están en ninguna.
Una conversación que ocurrió mientras caminaba.
La luz de determinada hora sobre una fachada.
Una mesa donde el almuerzo terminó convirtiéndose en sobremesa.
Una señora que dijo una frase aparentemente insignificante.
El sonido de una ciudad cuando todavía no había despertado.
Pequeñas escenas.
Nada extraordinario.
Y, sin embargo, son precisamente esas escenas las que terminan construyendo el recuerdo de un lugar.
Quizás porque la memoria tiene sus propios criterios editoriales.
Elimina monumentos, fechas y datos que alguna vez consideramos imprescindibles y conserva cosas diminutas que nadie habría pensado incluir en una guía de viajes.
Regresar también transforma el lugar
Hay otra cosa que he descubierto.
Cuando volvemos a un destino años después, nunca regresamos exactamente al mismo lugar.
Aunque la calle continúe allí.
Aunque el café siga ocupando la misma esquina.
Aunque desde la ventana se vea el mismo paisaje.
Nosotros ya somos otros.
Por eso cada regreso contiene también una pequeña confrontación con quien fuimos la primera vez.
A veces encontramos exactamente aquello que recordábamos.
Otras veces descubrimos que habíamos idealizado algo.
Y algunas —mis favoritas— aparece una ciudad completamente diferente delante de nuestros ojos.
No porque haya cambiado demasiado.
Sino porque nosotros aprendimos a mirar de otra manera.
Los territorios que permanecen
Quizás por eso me interesan cada vez menos los viajes construidos alrededor de una lista interminable de cosas que hacer.
Quiero tiempo para que un lugar pueda suceder.
Caminar sin saber exactamente qué voy a encontrar.
Sentarme.
Mirar.
Escuchar.
Equivocarme de calle.
Conversar.
Dejar espacios donde aparentemente no ocurre nada.
Porque muchas veces es allí donde comienza la verdadera historia.
Con el tiempo he aprendido que no todos los destinos nos dejan la misma huella.
Hay lugares hermosos que olvidamos sorprendentemente rápido.
Y existen otros que, sin saber explicar muy bien por qué, continúan acompañándonos.
Se convierten en una referencia.
En una sensación.
Incluso en una versión de nosotros mismos.
Quizás viajar sea también esto
Irnos para descubrir un territorio.
Y regresar llevando algo que todavía no sabemos nombrar.
Después vendrán las fotografías.
Las historias.
Los recuerdos.
Pero primero queda esa sensación difícil de explicar de haber dejado algo nuestro allí y, al mismo tiempo, haber traído algo del lugar con nosotros.
Por eso creo que algunos viajes nunca terminan realmente.
Simplemente cambian de geografía.
Dejan de existir en el mapa y comienzan a vivir dentro de nosotros.
Yfigenia Moreno Aponte
Mis Historias de Viaje
Yfigenia Moreno Aponte escribe desde el camino y estudia Periodismo de Viajes y Gerencia Turística. Es creadora de Mis Historias de Viaje y fundadora de YFI Moreno Viajes de Autor.

