Mujeres y territorio

Hay lugares de los que nos vamos, pero que nunca terminan de irse de nosotros

Sobre las patrias que llevamos dentro, las despedidas que no terminan y esa extraña manera que tiene el amor de sobrevivir a la distancia.

· 16 min de lectura

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Pasaporte venezolano apoyado sobre un maletín de mano rojo, junto a las piernas de alguien sentado en una sala de espera de aeropuerto

Hay una pregunta que parece sencilla hasta que alguien te la hace después de haber vivido en más de un país: ¿De dónde eres? Con el tiempo esa respuesta puede volverse insuficiente.

Hay una pregunta que parece sencilla hasta que alguien te la hace después de haber vivido en más de un país:

¿De dónde eres?

Antes se respondía sin demasiadas complicaciones. Bastaba con decir el nombre de una ciudad, señalar un punto del mapa o mencionar el lugar donde una había nacido.

Con el tiempo, esa respuesta puede volverse insuficiente.

Porque una cosa es el lugar del que venimos y otra, muy distinta, la cantidad de lugares que terminan formando parte de quienes somos.

Y entonces sucede algo curioso: empiezas a sentir nostalgia por un país mientras estás en otro. Extrañas una manera de hablar, un olor, una comida, una calle. Pero cuando finalmente regresas, descubres que también echas de menos la vida que construiste lejos.

Es como tener el corazón viviendo en dos husos horarios.

Y no siempre ponerse de acuerdo con ninguno.

La maleta que nunca terminamos de deshacer

Durante mucho tiempo pensé que viajar consistía en salir de un lugar para llegar a otro.

Había una partida, un destino y, con suerte, un regreso.

Una secuencia bastante razonable.

Hasta que comprendí que algunas partidas no funcionan de esa manera.

Hay viajes que terminan cuando recogemos el equipaje en el aeropuerto. Y hay otros que siguen ocurriendo años después, incluso cuando ya conocemos perfectamente el camino al supermercado y hemos dejado de consultar cómo funciona el transporte público.

Emigrar pertenece a esta segunda categoría.

No es simplemente trasladar la vida de un país a otro.

Es aprender a vivir con una parte de ella en tránsito.

Porque puedes mudar tus muebles, tus documentos y tus rutinas, pero hay cosas que no entran en ninguna maleta.

La familiaridad de ciertas voces.

La espontaneidad con la que llamabas a una amiga para tomar café.

El sonido particular de una ciudad cuando comienza a despertarse.

La tranquilidad de comprender todas las referencias culturales de una conversación sin necesidad de explicaciones.

Y, sobre todo, esa sensación de pertenecer a un lugar sin tener que justificarlo.

Con los años he pensado que la nostalgia no siempre significa querer regresar.

A veces es simplemente reconocer que hubo una vida que nos hizo felices, que nos formó y que continúa existiendo dentro de nosotros, aunque ya no vivamos allí.

El idioma secreto de las cosas pequeñas

La distancia tiene una manera bastante peculiar de organizar nuestros recuerdos.

Uno podría suponer que extrañamos los grandes acontecimientos: las celebraciones familiares, los paisajes extraordinarios, las fechas importantes.

Y claro que los extrañamos.

Pero muchas veces son las cosas más pequeñas las que consiguen atravesar cualquier defensa.

Una palabra que alguien pronuncia con el acento de nuestra infancia.

Una canción que aparece inesperadamente mientras hacemos otra cosa.

Un plato que sabe casi, pero no exactamente, como lo preparaban en casa.

Ese casi puede ser devastador.

Porque la memoria tiene un paladar exigente. Es capaz de reconocer una ausencia en medio de una receta perfectamente ejecutada.

También hay algo profundamente conmovedor en descubrir que determinadas costumbres sobreviven al cambio de país.

Seguimos celebrando algunas fechas.

Conservamos expresiones que nuestros nuevos amigos no terminan de comprender.

Buscamos ingredientes que antes encontrábamos sin pensar.

Y construimos pequeños territorios personales en lugares que inicialmente nos resultaban desconocidos.

A veces una cocina puede convertirse en una patria provisional.

O una conversación telefónica.

O una mesa donde alguien pregunta por nuestra historia con verdadero interés.

Con el tiempo he entendido que pertenecer no depende exclusivamente de la geografía.

También depende de las personas con quienes podemos ser nosotros mismos.

La vida que continúa sin nosotros

Hay una dimensión de la emigración de la que se habla menos.

No es solamente lo que dejamos atrás.

Es todo lo que sigue sucediendo mientras estamos lejos.

Los niños crecen.

Las amistades cambian.

Los padres envejecen.

Aparecen nuevos lugares en ciudades que creíamos conocer de memoria.

Un restaurante cierra. Una casa cambia de dueño. Un vecino se muda.

Y de pronto descubrimos que el lugar al que pensamos regresar ya no existe exactamente como lo recordábamos.

No necesariamente porque haya desaparecido.

Sino porque la vida, con su absoluta falta de consideración por nuestros sentimientos, ha seguido avanzando.

Nosotras también.

Esa es quizá una de las paradojas más difíciles de aceptar: queremos que los lugares que amamos permanezcan intactos, mientras nosotros nos reservamos el derecho de transformarnos.

Pero las ciudades, igual que las personas, no están obligadas a esperarnos.

Y allí aparece una forma distinta de duelo.

No el dolor de haber perdido completamente algo, sino el descubrimiento de que ya no podemos habitarlo de la misma manera.

Aun así, seguimos queriéndolo.

Tal vez con una ternura diferente.

Más consciente de sus imperfecciones.

Menos dependiente de la nostalgia.

Cuando una mujer construye otra vida

Pienso mucho en las mujeres que han tenido que reconstruirse lejos de su lugar de origen.

Algunas se marchan por oportunidades profesionales. Otras por amor, por estudios, por decisiones familiares o por circunstancias que nunca habrían elegido.

No todas parten desde el mismo lugar ni encuentran las mismas posibilidades al llegar.

Por eso sería injusto hablar de la emigración como si fuera una experiencia universal de superación.

A veces ofrece libertad.

Otras veces impone pérdidas enormes.

Y con frecuencia ambas cosas conviven.

Me interesan particularmente esas mujeres que, mientras aprenden a desenvolverse en una nueva sociedad, intentan conservar vínculos con la que dejaron atrás.

Las que descubren que la identidad puede expandirse sin tener que desaparecer.

Las que aprenden otra lengua sin abandonar la música de la primera.

Las que llegan a sentirse parte de una nueva comunidad sin considerar que han traicionado a la anterior.

Hay una pregunta que quisiera explorar en futuras historias:

¿En qué momento dejamos de sentirnos visitantes y empezamos a reconocer un lugar como nuestro?

Quizá no ocurra cuando obtenemos un documento.

Quizá tampoco cuando alguien nos dice que ya hablamos como una persona de allí.

Tal vez suceda un martes cualquiera.

Cuando alguien nos espera.

Cuando conocemos el camino de regreso sin mirar el teléfono.

Cuando un lugar deja de parecernos prestado.

La pertenencia, sospecho, tiene menos que ver con las fronteras de lo que imaginamos y mucho más con las relaciones que construimos.

Tener dos patrias no significa querer menos a ninguna

Hay quienes parecen entender la identidad como una elección definitiva.

Como si amar un país nuevo exigiera renunciar emocionalmente al anterior.

Nunca me ha convencido esa idea.

El amor no siempre funciona por sustitución.

No dejamos de querer a una persona porque otra haya llegado a nuestra vida, ni desaparecen nuestras memorias porque comencemos a construir recuerdos diferentes.

Con los lugares puede suceder algo parecido.

Podemos sentir orgullo por la historia que nos precede y gratitud por las oportunidades que encontramos después.

Podemos criticar aquello que amamos.

Podemos reconocer las heridas de nuestro lugar de origen sin reducirlo a ellas.

Y podemos abrazar una nueva cultura sin necesidad de convertirla en una versión idealizada de la felicidad.

La madurez quizá consista en admitir que ninguna patria es perfecta.

Que todas están hechas de personas, contradicciones, posibilidades y ausencias.

Y que quererlas no nos obliga a cerrar los ojos.

Al contrario.

A veces la distancia nos enseña a mirar con más honestidad aquello que antes dábamos por sentado.

Las personas también son una forma de hogar

He dedicado buena parte de estas historias a preguntarme por qué ciertos encuentros permanecen con nosotros después de un viaje.

Hoy sospecho que la respuesta está relacionada con todo esto.

Porque hay personas que nos hacen sentir en casa incluso en una ciudad desconocida.

Una amiga que entiende nuestros silencios.

Alguien que nos invita a su mesa sin ceremonias.

Una conversación que nos permite hablar de nuestros orígenes sin tener que traducir constantemente lo que significan.

Y también están aquellas personas que se convierten en parte de una geografía sentimental.

Recordamos una ciudad por alguien que conocimos allí.

Una estación por una despedida.

Una calle por una conversación.

Un aeropuerto por una emoción que todavía no sabemos nombrar.

Quizá por eso los mapas convencionales siempre se me han quedado pequeños.

Indican carreteras, fronteras y distancias, pero no muestran los lugares donde cambiamos.

No distinguen una llegada cualquiera de aquella que nos transformó la vida.

Y mucho menos pueden señalar dónde está nuestra casa cuando el corazón insiste en vivir repartido.

Lo que realmente llevamos con nosotros

Con el tiempo he dejado de pensar que el verdadero sentido de viajar consiste únicamente en conocer destinos.

Viajar también puede confrontarnos con nuestra propia historia.

Nos permite descubrir cuánto de nosotros pertenece a un lugar, cuánto a las personas que amamos y cuánto hemos aprendido a construir por nuestra cuenta.

Hay viajes que elegimos.

Otros llegan como consecuencia de decisiones difíciles.

Algunos duran unos días.

Otros terminan convirtiéndose en una segunda vida.

Y todos, de alguna manera, pueden modificar nuestra idea de hogar.

Hoy, cuando pienso en las mujeres que han cruzado fronteras y han construido nuevas pertenencias, no me interesa contar solamente la historia de sus documentos, sus mudanzas o sus logros.

Quiero conocer lo que sintieron.

Lo que perdieron.

Lo que encontraron.

Lo que todavía extrañan, incluso cuando son felices.

Porque detrás de cada nueva vida hay una historia que difícilmente cabe en una casilla de nacionalidad.

Y porque, a veces, una mujer no tiene que elegir entre dos patrias.

Puede aprender a vivir con ambas.

Con sus recuerdos, sus contradicciones y sus afectos.

Hay lugares de los que nos vamos y a los que quizá nunca regresamos definitivamente.

Pero eso no significa que hayan dejado de acompañarnos.

Permanecen en nuestra manera de hablar, en lo que cocinamos, en las historias que contamos, en los recuerdos que nos conmueven sin previo aviso.

Y sobre todo, en nuestra forma de amar.

Porque algunas veces el hogar no es un lugar al que regresamos.

Es todo aquello que hemos aprendido a llevar con nosotros.

Mis Historias de Viaje

Historias que encuentro mientras recorro el mundo.

Yfigenia Moreno Aponte

Yfigenia Moreno Aponte escribe desde el camino y estudia Periodismo de Viajes y Gerencia Turística. Es creadora de Mis Historias de Viaje y fundadora de YFI Moreno Viajes de Autor.

Conoce el manifiesto de Mis Historias de Viaje.

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