Cultura Turística

¿Y si el problema no fuera viajar demasiado, sino viajar sin mirar?

Una reflexión sobre cultura turística, presencia y la forma en que nuestra manera de viajar también transforma los territorios.

· 7 min de lectura · Actualizado el

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Yfigenia Moreno en Barcelona con la Sagrada Familia al fondo

Hay ciudades en las que, de repente, parece que todos estamos buscando exactamente la misma fotografía. La misma esquina. La misma mesa. El mismo atardecer.

Hay ciudades en las que, de repente, parece que todos estamos buscando exactamente la misma fotografía.

La misma esquina.

La misma mesa.

El mismo atardecer.

El mismo plato.

Y reconozco que esto me produce una contradicción enorme, porque amo viajar. Me emociona llegar a un lugar nuevo, perderme en sus calles, sentarme a comer y descubrir cómo vive la gente. Viajar ha sido una de las formas más bonitas que he encontrado de entender el mundo.

Pero últimamente hay una pregunta que me acompaña:

¿Qué ocurre cuando nuestra manera de viajar empieza a transformar precisamente aquello que fuimos a buscar?

No creo que el problema sea viajar

Se habla mucho del turismo masivo.

Y casi siempre la conversación termina reducida a números: demasiados turistas, demasiados cruceros, demasiadas personas en una plaza.

Pero quizás haya otra conversación que deberíamos tener.

Porque no todos podemos —ni tenemos por qué— dejar de viajar.

La pregunta interesante para mí es otra:

¿cómo estamos viajando?

Podemos atravesar un territorio durante una semana y no haberlo visto realmente.

Podemos regresar con cientos de fotografías y no conocer el nombre de una sola persona que viva allí.

Podemos comer magníficamente sin preguntarnos de dónde viene aquello que tenemos en el plato.

Podemos incluso buscar desesperadamente "lo auténtico" y terminar formando parte del mecanismo que poco a poco lo convierte en espectáculo.

Y sí.

A mí también me ha pasado.

Cuando un lugar empieza a parecerse a lo que esperamos de él

Hay algo que me inquieta cuando viajo: descubrir lugares que parecen haber aprendido a representarse a sí mismos para nosotros.

Mercados donde cada vez compra menos gente del barrio.

Centros históricos preciosos donde resulta difícil encontrar vecinos.

Comercios tradicionales sustituidos por negocios idénticos a los que encontramos en otras veinte ciudades.

Platos pensados para ser fotografiados antes que recordados.

No ocurre en todas partes ni de la misma manera.

Pero ocurre.

Y entonces aparece una paradoja tan evidente como incómoda:

viajamos buscando diferencias y, algunas veces, nuestra propia presencia contribuye a borrarlas.

Mirar también es una responsabilidad

Durante mucho tiempo pensé que ser una buena viajera significaba ser respetuosa, no ensuciar, aprender algunas palabras del idioma y comportarme correctamente.

Hoy creo que es bastante más.

También significa preguntarme dónde gasto mi dinero.

A quién beneficia mi presencia.

Qué negocios estoy ayudando a mantener vivos.

Qué historia estoy escuchando.

Y, sobre todo, si estoy llegando a un lugar dispuesta a descubrirlo o simplemente esperando que cumpla la imagen que ya construí de él antes de salir de casa.

No digo esto desde ninguna superioridad moral.

Todo lo contrario.

También estoy aprendiendo.

Porque desarrollar una verdadera cultura turística implica entender que viajar es entrar temporalmente en la casa de alguien más.

Quizás necesitemos fotografiar menos y conversar más

Hay recuerdos de viaje que no tengo fotografiados.

Una conversación.

Una señora explicándome algo que probablemente entendí a medias.

El dueño de un restaurante hablando con orgullo de un producto.

Una calle por la que caminé sin saber que era importante.

Una sobremesa que se alargó demasiado.

Curiosamente, son algunos de los recuerdos que más permanecen.

Quizás porque durante esos momentos no estaba intentando completar ninguna lista.

Estaba allí.

Y cuanto más viajo, más me interesa esa forma de estar en los lugares.

La cultura turística también se construye desde quien llega

Hablamos mucho de lo que los destinos deberían hacer: gestionar mejor el turismo, proteger sus centros históricos, preservar el patrimonio, apoyar a sus comunidades.

Todo eso importa.

Pero quienes viajamos también formamos parte de la ecuación.

Cada reserva es una elección.

Cada restaurante que escogemos.

Cada producto que compramos.

Cada experiencia que contratamos.

Cada lugar que decidimos respetar aunque nadie nos esté vigilando.

No necesitamos convertir cada viaje en una tesis sobre sostenibilidad.

A veces basta con algo muchísimo más sencillo:

mirar.

Mirar quién vive allí.

Preguntar.

Escuchar.

Consumir con cierta conciencia.

Permitir que el territorio contradiga nuestras expectativas.

Y recordar que no todo lo hermoso necesita ser poseído, fotografiado o compartido inmediatamente.

Quiero seguir viajando. Muchísimo.

No quiero un mundo en el que dejemos de viajar.

Quiero exactamente lo contrario.

Quiero que sigamos cruzando fronteras, sentándonos en mesas ajenas, aprendiendo palabras nuevas, probando cosas que no sabemos pronunciar y descubriendo maneras diferentes de vivir.

Pero quiero que podamos hacerlo sin convertir todos los lugares en la misma postal.

Quizás el futuro del viaje no consista necesariamente en viajar menos.

Quizás consista en aprender a mirar mejor.

Porque un territorio no es el escenario de nuestras vacaciones.

Es la vida cotidiana de alguien.

Y cuando entendemos eso, algo cambia.

Ya no llegamos solamente para ver.

Llegamos para encontrarnos.

Yfigenia Moreno Aponte

Yfigenia Moreno Aponte escribe desde el camino y estudia Periodismo de Viajes y Gerencia Turística. Es creadora de Mis Historias de Viaje y fundadora de YFI Moreno Viajes de Autor.

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