Viajar Sola
I
Viajar sola no me enseñó a estar sola
Me enseñó a escucharme cuando ya no había nadie más decidiendo por mí.
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Una reflexión íntima sobre el miedo, la autonomía y la voz que aparece cuando nadie más está decidiendo por nosotras.
Hay una idea sobre viajar sola que siempre me ha resultado curiosa: esa especie de relato heroico en el que una mujer toma una maleta, cruza una frontera y, de repente, se convierte en una criatura invencible.
Mi experiencia ha sido bastante menos cinematográfica.
Viajar sola no me hizo sentir valiente todos los días. Hubo momentos en los que tuve miedo. Otros en los que habría agradecido muchísimo tener a alguien al lado para decirle: "decide tú, que hoy no quiero pensar". Hubo mesas para una, aeropuertos interminables, equivocaciones, conversaciones inesperadas y silencios que al principio parecían enormes.
Pero ocurrió algo.
Cuando viajas sola desaparece, durante unas horas o unos días, ese pequeño ruido de fondo que producen las decisiones compartidas.
¿Dónde comemos?
¿A qué hora salimos?
¿Entramos o seguimos?
¿Nos quedamos un rato más?
Y empiezas a descubrir algo tan sencillo que casi resulta extraño: qué quieres tú cuando nadie está esperando una respuesta determinada.
Tal vez por eso viajar sola nunca ha significado para mí aprender a estar sin los demás.
Ha significado aprender a estar conmigo.
El lujo de cambiar de opinión
Una de las cosas que más disfruto cuando viajo sola es poder romper mi propio itinerario.
Salir con una idea y terminar haciendo otra.
Sentarme en una plaza porque algo me llamó la atención. Entrar en una calle que no estaba señalada en ninguna guía. Quedarme veinte minutos mirando una fachada simplemente porque sí.
Durante mucho tiempo pensamos que viajar bien era verlo todo.
Ahora creo exactamente lo contrario.
Hay viajes que empiezan a ser realmente nuestros cuando dejamos de intentar cumplirlos.
Cuando entendemos que no pasa absolutamente nada si no vimos "lo imprescindible", pero descubrimos algo que nunca habríamos encontrado siguiendo únicamente una lista.
Aprender a mirar
También descubrí que cuando estoy sola observo distinto.
Escucho conversaciones.
Miro cómo una señora acomoda las frutas frente a su tienda. Me fijo en los balcones, en las manos de quien prepara un café, en la forma en que una ciudad despierta antes de que lleguen sus visitantes.
Quizás porque no tengo con quién comentar inmediatamente lo que estoy viendo.
Entonces lo miro un poco más.
Y esa espera cambia la experiencia.
Porque un territorio comienza a revelarse cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué hay que ver y empezamos a preguntarnos qué está ocurriendo aquí.
Esa pregunta terminó transformando también mi manera de viajar.
Y, con el tiempo, mi manera de contar los viajes.
Viajar sola tampoco significa querer viajar siempre sola
Esta parte me parece importante.
Adorar ciertos viajes en solitario no significa renunciar a la alegría de compartirlos.
Me encanta sentarme alrededor de una mesa y escuchar historias. Reírme con alguien por algo absurdo que ocurrió durante el día. Compartir una carretera, una comida extraordinaria o ese momento en el que todos nos quedamos callados porque el paisaje hizo el trabajo por nosotros.
Pero viajar sola me enseñó algo antes de volver a compartir el camino: a no delegar por completo mi capacidad de descubrir.
Me enseñó a cultivar una curiosidad propia.
A elegir.
A perderme un poco.
A confiar en esa sensación que aparece cuando un lugar te está diciendo: quédate.
Y quizá de eso se trate
No de convertirnos en grandes aventureras.
Ni de acumular sellos en un pasaporte.
Sino de comprobar, de vez en cuando, quién aparece cuando cambiamos de escenario y dejamos atrás nuestras rutinas.
Viajando he conocido versiones de mí que probablemente no habría encontrado de otra manera.
Algunas más atrevidas.
Otras más contemplativas.
Muchas terriblemente despistadas.
Y unas cuantas capaces de sentarse frente al Mediterráneo durante muchísimo tiempo sin sentir que tenían que hacer absolutamente nada más.
Por eso, cuando alguien me pregunta qué aprendí viajando sola, pienso que la respuesta no está realmente en los destinos.
Está en las decisiones diminutas que fui tomando dentro de ellos.
Viajar sola no me enseñó a estar sola.
Me enseñó a reconocer mi propia voz cuando el mundo alrededor se quedaba un poquito más callado.
Y desde entonces, viajo escuchándola.
Yfigenia Moreno Aponte escribe desde el camino y estudia Periodismo de Viajes y Gerencia Turística. Es creadora de Mis Historias de Viaje y fundadora de YFI Moreno Viajes de Autor.
